Por: Nicolás Martinez Sabogal.
Creo necesario empezar con una percepción sobre elementos formales de la película antes de realizar una reflexión sobre los problemas que he rastreado. Lo primero que quisiera resaltar es la buena actuación de Pinelopi Tsilika, es la primera vez que la veo actuar y me llamó mucho la atención cómo todo su cuerpo pareciera estar entregado al personaje -recordemos ese llanto crudo o la degeneración en las escenas finales- y cómo se mantiene en su línea narrativa sin expresar cambios abruptos. Lo segundo que quiero resaltar es el manejo de colores que se tuvo en espacios naturales como la playa o el bosque, curiosamente era allí donde tenía encuentro el amor; algo que contrasta con las imágenes frías o neutrales de espacios privados donde tenían lugar los encuentros familiares.
Ya sobre la reflexión creo que esta película romántica, como la mayoría, nos recuerda la función de dispositivo ideológico que puede tener el cine. La industria cultural se encarga también de la producción de subjetividades funcionales al consumo y la explotación de otros cuerpos; un consumo delimitado, sobre el que existen ciertas pautas y cuyo objeto o mercancía son las mujeres.
En esta película el sufrimiento, la vulnerabilidad, el duelo, lo privado, están feminizados; por otro lado, la rigidez emocional, el poder, la labor pública, son elementos masculinizados. Con intención crítica o no, los sujetos que allí aparecen se performan bajo el esquema patriarcal que otorga a cada cuerpo una forma de ser y relacionarse con los y las otras. Orsa es una mujer que vive atrapada en dos mandatos tradicionales sobre el amor: el mito romántico y el interés económico como condicionante afectivo. Su familia la obligó a casarse con un hombre por conveniencia mientras sufría por su «amor verdadero»; Orsa no podía huir de esta maraña tradicional, no podía abandonar su matrimonio obligado ni tampoco parecía tener la intención de cuestionarse la idealización que tenía con Spyros, el hombre sobre el que ella centró toda su atención y energía. En ella se encuentra una figura violentada por un esquema afectivo que le hacía creer en solo un amor, un esquema que le indicaba a ella y a su hermana cuál era la función que como mujeres debían tener.
Es triste ver cómo ese esquema afectivo permanece hasta nuestros días. Aun así, es bueno apostarle a derribar este mito e intentar tejer lazos afectivos horizontales, responsables y asertivos con los y las otras. Y parte de derribar esta idea violenta sobre el amor implica interpelar los agentes y narraciones que nos socializan, por eso la necesidad de ver este tipo de películas desde un cristal crítico y no pasivo. Como maestros en formación, no podemos perder de vista el potencial pedagógico que tiene lo audiovisual.

Nicolás, gracias por tu reflexión. Tienes observaciones muy buenas, de las cuales me gustaría resaltar la observación crítica del cine como elemento educativo. Cuestionando las narrativas que forman la subjetividad, se podría brindar una educación orientada hacia una justicia de roles sociales.
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