viernes, 24 de marzo de 2023

Rear Window (1954)

LA VENTANA INDISCRETA

Soberanía del ojo e inquisición de la mirada





«El ser “visto-por-otro” es la verdad del “ver-al-otro”».


Jean-Paul Sartre

El ser y la nada



Introducción

    La ventana indiscreta (1954) es un largometraje dirigido por el inglés Alfred Joseph Hitchcock, el cual es reconocido por sus creaciones cinematográficas en los géneros del suspenso y el thriller psicológico. El argumento de esta película gira en torno a un fotógrafo profesional llamado L. B. Jefferies, quien se encuentra confinado en su apartamento debido a la ruptura de su pierna izquierda en un trabajo fotográfico. Así pues, éste se ve obligado a pasar tiempo observando a través de la ventana la vida de sus vecinos, sin embargo, se obsesiona con una de las parejas en particular, ya que sospecha que se ha cometido un asesinato. Junto con Stella (su enfermera) y Lisa (su novia), intentarán descubrir la verdad detrás del misterio, a partir de una serie de conjeturas que irán hilando a lo largo de la cinta.

El otro, el mismo y la mirada

    Se ha dicho que el argumento de la película se circunscribe dentro de la investigación-conjetura de un presunto asesinato, sin embargo, dicho argumento guarda debajo de sí una discusión de corte filosófico, a saber, el papel de la otredad y su mirada.  Mirada que constituye el vínculo posible entre lo mismo y lo diferente, un vínculo que es activo porque inquiere y responsabiliza. Dicho en otras palabras, el otro siempre me viene al encuentro y siempre debo responderle, bien sea que lo rechace o que lo acepte no puedo eludir su presencia, es más, eludirlo es también ser consciente de que lo eludido es un otro, aunque no lo determine. No hay forma de escapar de la otredad. 
    Lo anterior es la consecuencia que ha tenido que afrontar Jeff hacia el final de la película cuando se ha visto atrapado por la mirada del otro, en este caso, la mirada de Lars Thorwald (el presunto asesino). Aquél había gozado de la soberanía del ojo, de poder ver a los demás sin ser visto, es decir, sin ser sometido al escrutinio de la mirada de la otredad. De hecho, la distribución escenográfica pone de relieve cómo dicha soberanía adquiere su poder, pues la ubicación del apartamento de Jeff es central dentro del vecindario, lo que le permite tener un visión panorámica y, en consecuencia, de conjunto. Él veía sin ser visto, y aunque la descripción anterior podría llevarnos a pensar en el panóptico elaborado por Bentham y trabajado por Foucault, esta soberanía del ojo no disciplina los cuerpos, más aún, los vecinos ni siquiera sabían o siquiera pensaban que estaban siendo observados; cosa diferente del panóptico, ya que su funcionamiento depende de que aquellos quienes son observados sean conscientes de lo que están siendo. 
    En este orden de ideas, la misma película ofrece una escena en la que la enfermera cuestiona a Jeff sobre su soberanía: «Ojos enrojecidos de mirar durante horas por esa ventana —afirmó Stella—. Bueno, ¿y qué? —dijo Jeff—. ¿Qué hará si alguno de ellos se da cuenta? —preguntó ella—». Aquí las escenas finales muestran dos cosas: lo que hizo y lo que sintió Jeff frente a la mirada de Thorwald. Para el primer caso, lo que hizo fue «trata[r] de cegarlo con el flash de la cámara, es decir, tratar de destruir su mirada» (Han, 2012, p. 80). Para el segundo caso, lo que sintió fue temor, vulnerabilidad, debilidad, o en palabras de Sartre, sintió: 

… que soy vulnerable, que tengo un cuerpo susceptible de ser herido, que ocupo un lugar y que no puedo en ningún caso evadirme del espacio en el que estoy sin defensa; en suma, que soy visto. Así, la mirada es ante todo un intermediario que remite de mí a mí mismo (Sartre, 1993, p. 287). 

    En resumen, la alteridad predicada a los seres humanos posee el rasgo de que el otro también me identifica como otro. Hay una relación de sujeto-objeto y, paradójicamente, este objeto se vuelve sujeto en el momento que me dirige la mirada, pues «en la revelación y por la revelación de mi ser objeto para otro debo poder captar la presencia de su ser-sujeto» (Sartre, 1993, p. 285). Para este caso se presenta nuevamente una escena en la que Jeff toma consciencia de su soberanía y pone en cuestión si su acción es ética o no: «A pesar de que no me guste darle la razón a Thomas Doyle, creo que sí estaba en lo cierto cuando dijo que lo que ocurre en cualquier hogar es algo muy privado. Me pregunto si es ético eso de vigilar a un hombre con prismáticos o con una cámara con zoom. ¿Crees que es ético aunque consiga comprobar que no cometió el crimen? —le pregunta a Lisa—. Mmm… no sé mucho de ética de ventanas —responde ella—. Claro que pueden hacer lo mismo conmigo: vigilarme como si fuera un bicho enjaulado —concluyó Jeff—». Es precisamente esta escena la que demuestra de manera contundente la diferencia entre el ojo y la mirada, pues el primero prescinde de la otredad, ya que sólo se enfoca en el placer de la mismidad, es decir, del yo; mientras que para la segunda la otredad es imprescindible, debido a que es de esta manera como el otro, en tanto que humano, se me presenta no como un objeto más de la naturaleza, sino como un objeto que se vuelve sujeto cuando me mira. Jeff se cuestiona sobre su relación con los otros, ya que los ve como objetos y les quita su potencialidad de ser sujetos, pues los ve como «bichos enjaulados». 

Consideraciones finales

    Mi percepción de la película ha sido doble a raíz de los tiempos en que la vi. Por un lado, es una película que ya había visto (meses atrás) y que tuvo en mi afecciones del tipo «es una película de suspenso, por lo tanto, es una película cuya trama se irá trabajando de forma lenta hasta llegar al clímax del desenlace». Aquí mi atención no estaba centrada en la búsqueda de relaciones filosóficas, sino que por el contrario, mi deseo iba encaminado a querer saber por qué el presunto asesino podía serlo o no, ya que las pruebas resultaban ser un tanto ambiguas, y no parecían tener mayor carácter que el de una elucubración. Por el otro lado, mi segundo encuentro con la película ya tenía un carácter fijo: relacionarla con un tema filosófico, por lo cual mi percepción no estuvo tan centrada en el argumento de la película, sino más bien en los comportamientos y las formas de relacionamiento entre los actores. Buscando así poner en evidencia el vínculo entre lo mismo y lo diferente.
En consecuencia, mi reflexión acerca del largometraje es la misma que presenté al comienzo del apartado anterior: no podemos evadirnos de la responsabilidad que tenemos con el otro. No podemos huir de la obligación de tener que responder afirmativa o negativamente a los requerimientos de esa alteridad que me interpela vaya donde vaya. De hecho, el final de la película permite definir esto que he dicho antes, pues una vez Jeff se ve confrontado con Thorwald, este le pregunta: «¿Qué quiere de mí? Su amiga podía haberme denunciado, ¿por qué no lo ha hecho? ¿Qué es lo que quiere? ¿Dinero? Yo no tengo dinero. Diga algo. Dígame: ¿qué es lo que quiere? ¿Puede recuperar la alianza? —inquiere Thorwald—. No —responde Jeff—». Pese a que entre el cuestionamiento de uno frente al otro, Jeff no haya respondido inmediatamente, esto no significa que no reconozca que hay alguien frente a él, aunque no lo vea, pues siente su mirada desde la penumbra. Sabe que hay alguien, que hay un otro a la espera de una respuesta. 


Autor: Elkin Ruiz


Bibliografía

Han, B. C. (2017). Mirada. En B. C. Han, La expulsión de lo distinto (págs. 77-84). Barcelona: Herder.
Sartre, J. P. (1993). La mirada. En J. P. Sartre, El ser y la nada (págs. 281-329). Barcelona: Altaya.


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