“Dejad
que los niños vengan a mí”
Perturbadora, incomoda y agónica,
son tres palabras que retratan fielmente mi experiencia, y la de mis
acompañantes, al ver la película “La obediencia perfecta”. Porque a diferencia
de Julián, el protagonista de la cinta, nosotros si sospechamos de las intenciones
del padre Ángel de la Cruz, quien no es más que, la personificación de Marcial Maciel
Degollado, el líder espiritual de Regnum Christi del cual nos habla Rodrigo Medellín
en su texto “Bajo la bandera de Lucifer”. Sin duda una película y un texto que
tratan un tema que sólo hasta hace unos años, frente a los siglos que lleva la
iglesia imperante, ha tenido una voz de denuncia.
Considero, que las buenas
películas y los buenos textos nos dejan con más preguntas que respuestas; y yo
me pregunto ¿acaso los 12 discípulos por estar jerárquicamente debajo de Jesús,
callaron sus errores? Porque de ser así,
al igual que en otros casos, quien calla ante el abuso es igual culpable y cómplice,
desde el padre que calla la pederastia de los suyos, hasta el policía que dice “lo
que se hace en el CAI se queda en el CAI” ¿Acaso, esta tradición de líder espiritual
con una doble vida, que tanto se ve en las iglesias cristianas, no empezaría acaso
con el mismísimo Jesucristo? Como parte de la reflexión, abramos nuestra
imaginación y pensemos que pudo haber sido así.
Sectas por aquí, sectas
por allá, de diferente color, con diferentes ritos; y todas tienen algo en
común; un líder. Me pregunto si acaso Jesús fue otro “Marcial” o “Ángel de la
cruz” me pregunto si cuando dijo “dejad que los niños vengan a mi” también se refería
a evangelizarlos con profundo, profundísimo amor, ese amor que transgrede los límites
del respeto y termina siendo una violación evangelizadora en nombre del padre,
del hijo y del espíritu santo.
¿En qué momento, como sociedades,
dejamos que gente como “Ángel de la cruz” pudiera delinquir bajo la excusa de
una cruz? ¿Por qué esa necesidad imperante en el ser humano de tener tantos ídolos
y mártires? Si lo único que hacen es dejar un legado, una idea, que conforme a
los años se deteriora y se hace casi opuesta a la inicial.
Por ahora y mientras
escribo esto, no puedo dejar de imaginarme ahí arriba a Jesús, en esa nube
blanca, ígnea y pura, con su cabellera al aire. Y junto a él su fiel amigo Pedro,
de mirada fija hacia la tierra, donde, en algún lugar, algún padre está
abusando de algún monaguillo, y allá arriba (en ese cielo cristiano) copa en
mano y pan al gusto, los dos se regocijan de amor evangelizador, risas por
doquier, las bromas no se hacen esperar, porque allá arriba seguro irá ese cura
abusador, porque recordemos que Dios “el padre todopoderoso” todo lo perdona.
“Arrepentíos de corazón”
y a la víctima; “perdonad y amad al prójimo” que fácil es decirlo para “Dios”
ese que todo lo sabe y todo lo ve, aquí en la tierra la justicia está a favor
de unos pocos, el perdón no existe si no hay verdad y reparación, pero aquí eso
no se da. Los victimarios quedarán y quedaron impunes siempre, mientras que la
victima relegada al infierno está, solo por el hecho natural de sentir rencor.
Y es que quizá de eso se
trata la obediencia perfecta, en seguir arrodillado y amando a quien nos daña,
dejando así ver lo más miserable e indigno del ser humano, seguir perpetuando
instituciones porque son sólo “manzanas podridas” o “curas que no tenían a Dios
en su corazón” y demás excusas que los seguidores de no sólo esta, sino demás
instituciones, dan para limpiar el nombre de las creencias y los lideres que
tanto siguen. Ya bien lo cuenta Rodrigo Medellín en el texto, si bien algunos seguidores
fueron capaces de salir del movimiento Regnum Christi y ver en su líder la
culpa, hay quienes siguieron con toda la voluntad negando la evidencia,
defendiendo a su máximo líder. Articulándolo con la película, estos últimos parecen
que obedecen perfectamente y con un amor recalcitrante seguirán estando ahí,
obedientes a las ordenes de su líder.

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