miércoles, 17 de junio de 2020


Por: Cristian Harley Díaz Jiménez


Dura la vida de aquél campesino, ese que se levanta cada mañana para trabajar en una tierra que ni siquiera es suya, soporta el clima sin importar la hora, todos los días cuida de un cultivo que no sabe si podrá cosechar, se rebusca a diario el alimento que apenas y medio le otorga lo necesario para cuidar su sembradío y volver a casa con el cuerpo molido. Tiene una nieta, en ocasiones también le ayuda, pero esto implica que teniendo su compañía sus días se vuelven una completa incertidumbre. Ahora también cuida de ella, pero su cultivo está en medio de una zona de guerra, así que, entre el sonido de las balas y la incesante necesidad de sobrevivir, se encuentra ahora obligado a salvaguardar a su única familia de lo que los soldados libidinosos y las balas perdidas le puedan hacer. Llega la lluvia, tanto cuidado nunca bastó, la naturaleza siempre es más fuerte y la tierra nunca fue suya. Pobre campesino, un día soñó con poder cosechar su maíz, ahora el agua arrasa con todo y no queda más que una barca vieja y una nieta que debe sobrevivir, su única salida es poner sobre aquella barca lo poco que un día pudo lograr, solo le le falta por soltar todo aquello que un día fue su ilusión y aferrarse ahora a una vieja choza, una choza que desde su construcción  bien sabía le traería  la muerte.

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